Primero la función. Luego, si eso, los aplausos. Interiorismo funcional en Sevilla.

Diseñar bien no es dejar una casa bonita. Diseñar bien es dejar una casa que funcione. Y si además es bonita, pues mejor. Pero primero que funcione.

Lo demás es envoltorio.

A mí me hace gracia cuando alguien dice “quiero que sea espectacular, de esas que ves y te quedas con la boca abierta”. Perfecto. Pero, ¿vas a vivir ahí o es para tenerla cerrada? Porque si es para vivir, vamos a tener una conversación y de las serias.

Diseñar no es decorar con gusto. Es tomar decisiones. De las incómodas. Las que no salen en la foto. Las que ordenan el día a día y evitan discusiones absurdas dentro de seis meses. Las que hacen que no te estrelles con la puerta del baño mientras buscas dónde enchufar la aspiradora.

Todo eso es diseño. Lo demás es escenografía.

Y ojo, que no tengo nada en contra de lo bonito. Mis casas, al menos para mí, lo son. Sobrias, limpias y con carácter. Gritan diseño, pero siempre funcionales. No necesitan pedir aplauso. Funcionan en silencio. Y eso, en este oficio, ya es un logro.

Muchas veces el cliente llega con ideas prestadas. Con capturas de Pinterest y sueños de cocina abierta con isla, barra, galería de arte y rincón de lectura. En 80 metros. Y claro, toca parar. Y pensar. Porque no todo lo que ves en redes cabe en tu vida. Ni falta que hace.

“Quiero una isla.”

¿Para qué? ¿Cocinas? ¿Comes ahí? ¿O es porque lo has visto mil veces y crees que ha llegado el momento de tener una?

“Quiero un vestidor gigante.”

¿Tienes ropa para eso? ¿O es una excusa para no enfrentarte al armario que ya no ordenas desde 2012?

Diseñar es hacer preguntas incómodas. Y responder con honestidad.

Una casa no se diseña para presumir. Se diseña para vivir. Y si después alguien te dice que qué maravilla, que qué estilo, que qué gusto… Pues mira, eso que nos llevamos. Pero no era el objetivo.

Funcionalidad no es lo contrario de belleza. Es su base.

Una cocina bien pensada no es la que deslumbra en fotos. Es la que resiste cenas improvisadas, manchas reales y decisiones torpes. Es la que, cuando llevas meses viviendo, sigue estando donde la necesitas. Y eso no pasa por arte de magia. Pasa porque alguien se ha parado a pensar en ti antes que en la foto.

Y sí, mis proyectos pueden parecer de revista. Pero no están hechas para la revista. Están hechas para una pareja o familia que vive, que discuten, que se manchan, que duerme mal, que se levantan a oscuras y necesitan que la luz no los mate por la mañana. Casas que no son decorado. Son lugares con ritmo.

Porque una casa bien diseñada no se nota el primer día. Se nota a la semana, al mes, al año. Cuando todo encaja sin que sepas por qué. Cuando no tienes que pensar. Cuando no hay que improvisar nada porque ya estaba pensado.

Eso, aunque no se vea, se siente. Y esa es la diferencia entre proyectar bonito y proyectar bien.

Tampoco me interesa diseñar para quedar bien. Yo no regalo oídos. Si algo no tiene sentido, lo digo. Porque si no lo digo yo, lo dirá tu día a día. Y será peor. Porque el día a día no tiene filtro.

Lo que parece una gran idea en una imagen puede ser un desastre en tu rutina. Y como en este estudio no se trabaja a golpe de capricho, prefiero que nos enfademos un poco ahora a que me odies en un año. Que eso sí que no se arregla con una lámpara bonita.

También están los que dicen “quiero un salón abierto, pero con privacidad”. Claro, y encima que esté bueno, ¿no?

Pues no. A veces no se puede tener todo. Y ahí es donde entra el oficio. El saber decir: esto no te conviene. Esto va a estorbarte. Esto no es para ti, aunque lo hayas visto cien veces. Porque tú no eres ese cien veces. Eres tú. Y aquí diseñamos para ti, no para la estadística.

Diseñar bien también es renunciar. A lo innecesario, a lo gratuito, a lo que solo sirve para enseñar y no para usar. Y eso cuesta. Porque vivimos en una cultura donde parece que cuanto más, mejor. Y no. Cuanto más sentido, mejor.

Yo no trabajo para llenar espacios. Trabajo para darles sentido. Y eso incluye saber qué no poner. Porque cada objeto, cada mueble, cada hueco tiene que tener su porqué. Si no, sobra.

Y sí, puede que después alguien venga y diga “es que le falta algo”. Le falta ruido, dirás tú. Y sonreirás. Porque si tú supieras lo que cuesta que todo funcione sin gritar, sin pedir permiso, sin estar todo el día recolocando cojines…

Las casas bien hechas no se defienden, se viven.

Así que, cuando vengas a diseñar tu casa, no me hables de estilos. Háblame de cómo vives. De lo que necesitas. De lo que te molesta. De si comes en la cocina o en el sofá. De si necesitas una mesa o solo finges que la usas. De si eres de luz directa o de penumbra a las ocho.

Porque ahí está el diseño: en lo que no dices pero haces. En lo que te molesta y no sabes cómo explicar. En lo que no tiene nombre pero te condiciona la vida. Ahí trabajo yo.

Y sí, mis proyectos son sobrios, elegantes, serenos. Para mí, bonitos. Pero si no fueran funcionales, no me representarían. No trabajo para todos. Trabajo para los que quieren que su casa esté pensada. Bien pensada. Desde lo invisible.

Así que ya lo sabes: primero que funcione. Luego, si eso, los aplausos.

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