¿Por qué hemos dejado de cerrar puertas?

Durante años, tirar tabiques ha sido una de las primeras respuestas cuando alguien decide reformar una casa. Abrir la cocina al salón. Eliminar el pasillo. Comunicar el comedor. Hacer desaparecer el recibidor. Conseguir que desde la entrada se vea prácticamente hasta la última ventana.

Abrir.

La palabra tiene buena prensa. Suena a luz, amplitud, vida contemporánea. Cerrar, en cambio, parece pertenecer a otra época: habitaciones pequeñas, corredores interminables, cocinas escondidas al fondo y puertas que había que atravesar una detrás de otra.

Así que empezamos a quitarlas. Primero alguna. Después casi todas. Y en algún momento dejamos de preguntarnos qué hacía cada una allí.

No creo que haya que recuperar la casa compartimentada como modelo. Tampoco que una cocina abierta sea peor que una cerrada, ni que conservar un pasillo convierta automáticamente una vivienda en mejor arquitectura. Sería cambiar una receta por otra.

Hay casas que mejoran muchísimo cuando se abren. Plantas oscuras que necesitan que la luz atraviese espacios que antes permanecían aislados. Distribuciones absurdas heredadas de otras formas de vivir. Cocinas diminutas que pueden convertirse en el verdadero centro de la casa cuando se relacionan con el comedor. Habitaciones que ya no tienen ninguna razón para continuar separadas.

Pero una cosa es abrir una casa porque abrirla la mejora. Y otra bastante distinta es abrirla porque hemos decidido que abrir siempre es mejorar.

Quizá ahí empezamos a perder algo.

La pared se convirtió en sospechosa.

Hay una escena bastante habitual al visitar por primera vez una vivienda que va a reformarse. Entras, miras y, antes incluso de entender cómo entra la luz, dónde están los pilares, qué ocurre detrás de cada puerta o cómo podría vivirse allí, alguien señala una pared:

Esto fuera, ¿no?

Probablemente. O no. Déjame conocer primero qué coño hace esa pared.

Porque hemos llegado a mirar cualquier división interior como si fuese un obstáculo esperando ser eliminado. Cada tabique parece robarnos metros. Cada puerta interrumpe una perspectiva que podría ser más larga. Cada pasillo aparece coloreado en el plano como superficie que estamos pagando pero que, aparentemente, no estamos disfrutando.

Y así hemos acabado midiendo la calidad de muchas reformas por la cantidad de cosas que conseguimos hacer desaparecer: mismos metros cuadrados, menos paredes, más amplitud. Fin.

Solo que los metros no funcionan así.

Una vivienda de cien metros cuadrados sigue teniendo cien metros cuadrados después de tirar seis tabiques. Lo que cambia es nuestra percepción de ellos y, sobre todo, la manera en que esos metros se relacionan entre sí. Eso puede ser extraordinario. También puede ser un desastre.

Porque una pared no solo ocupa. También separa, protege, oculta y ordena. Hace posible que a veinte centímetros de distancia estén sucediendo dos cosas completamente diferentes.

Y eso, viviendo acompañado, tiene bastante valor.

La planta abierta funciona de maravilla hasta que empieza a vivir gente dentro.

La imagen es fantástica. Una cocina amplia comunicada con el salón. Alguien prepara la cena. Otra persona está sentada leyendo. Suena música. Hay una copa sobre la encimera. Entra la última luz de la tarde. Todo sucede junto.

Ahora son las 21:43 de un martes. La campana está funcionando, el lavavajillas acaba de arrancar, alguien está viendo una serie, otro intenta terminar una videollamada, hay una sartén con pescado y alguien ha decidido utilizar la batidora.

Bienvenidos a la planta abierta.

No hay nada malo en ella. Yo mismo la utilizaría siempre que una casa y quienes van a vivirla lo pidan. Pero hemos contado durante mucho tiempo solo la mitad bonita de la historia.

Los espacios abiertos en casa permiten compartir luz, actividad y presencia. También significa permitir que compartan ruido, temperatura, olores y desorden. La arquitectura no distingue entre lo que queríamos comunicar y lo que preferiríamos haber dejado al otro lado.

Si quitamos la puerta, pasa todo: la conversación y la batidora, la luz y el olor a pescado, la compañía y el lavavajillas.

Y esto importa especialmente porque nuestras casas ya no se utilizan como hace treinta años. Trabajamos desde ellas. Vemos películas. Cocinamos más o menos, pero cuando lo hacemos utilizamos máquinas. Recibimos llamadas. Escuchamos podcasts. Los niños juegan mientras alguien intenta concentrarse. Dos personas pueden necesitar simultáneamente dos ambientes acústicos completamente diferentes.

Paradójicamente, hemos multiplicado los usos de la vivienda mientras reducíamos su capacidad para separarlos.

Eso merece al menos una pregunta.

Pasillo con varias puertas abiertas y luz natural al fondo de la vivienda.
Pasillo con varias puertas abiertas y luz natural al fondo de la vivienda.

Una puerta permite que dos vidas ocurran a la vez.

Quizá una de las mayores virtudes de una puerta sea también una de las menos fotografiables: puedes cerrarla.

Parece una obviedad. Lo es. Y, sin embargo, qué maravilla.

Alguien duerme mientras otro sigue despierto. Uno cocina y otro trabaja. Hay invitados en el salón y un dormitorio continúa siendo privado. Una persona necesita silencio y otra necesita música.

Cierras.

No has expulsado a nadie de la casa. No has tenido que negociar cada actividad. No necesitas que todos estén haciendo más o menos lo mismo para que la vivienda funcione.

Una puerta de ochenta centímetros permite algo bastante sofisticado: estar juntos sin tener que estar juntos todo el tiempo.

Y quizá hemos infravalorado esa posibilidad porque durante años hemos asociado la continuidad visual con una forma más moderna de vivir. Pero vivir contemporáneamente también es esto: dos ordenadores, horarios distintos, teletrabajo, niños, parejas, amigos que se quedan a dormir, una llamada que no quieres compartir con toda la casa, un domingo en el que uno quiere leer y el otro tiene la televisión encendida.

La buena convivencia no consiste necesariamente en eliminar fronteras. A veces consiste en poder decidir cuándo existen.

Tampoco hace falta ver toda la casa desde la entrada.

Hay otra cosa que hemos perseguido con bastante entusiasmo: la perspectiva total. Entrar y verlo todo. La cocina, la mesa, el salón, la ventana del fondo. Si puede aparecer también un trozo de terraza, mejor.

Es una imagen potentísima. En una fotografía funciona especialmente bien porque permite comprender mucho espacio de una sola vez. Pero una casa no tiene por qué explicarse en una sola mirada. De hecho, algunas empiezan a resultar interesantes precisamente cuando no lo hacen.

Hay algo extraordinario en entrar y no saber todavía qué ocurre después: atravesar un zaguán, ver luz al fondo de un pasillo, intuir una habitación a través de una puerta abierta, descubrir otra orientación al girar. La arquitectura también puede construirse en el tiempo que tardamos en recorrerla.

No todo tiene que ocurrir simultáneamente. Cuando eliminamos cada división para conseguir una gran visual continua, ganamos una lectura inmediata del espacio. Pero también podemos perder secuencia, sorpresa, intimidad y escala.

Una casa completamente abierta puede parecer mayor durante los primeros cinco segundos. Una casa bien articulada puede parecer distinta durante veinte años.

El pasillo no ha cometido ningún delito.

Pobre pasillo.

Probablemente ningún espacio doméstico ha sufrido peor campaña de relaciones públicas.

Metros perdidos.

Así aparece muchas veces en las conversaciones sobre una reforma. Tenemos siete metros cuadrados de pasillo y la operación parece sencilla: si conseguimos eliminarlos, hemos ganado siete metros.

Pero no. Los siete metros ya eran tuyos.

Lo que tenemos que decidir es qué hacen.

Porque hay pasillos verdaderamente malos: demasiado estrechos, demasiado largos, oscuros, surgidos de una distribución que ya no responde a la forma de vivir de quienes ocupan la casa. Esos pueden desaparecer sin ceremonia.

Pero un buen espacio de transición hace muchísimo más que llevarnos del punto A al punto B. Separa la zona donde recibes de la zona donde duermes, permite que una puerta no dé directamente al sofá, hace que un dormitorio no se abra sobre la mesa del comedor, puede introducir luz desde otro lugar, contener almacenaje, ralentizar el recorrido o hacer que dos habitaciones próximas se sientan independientes.

Y, sobre todo, da profundidad a una casa. No profundidad en metros. Profundidad en experiencia.

No todo espacio que atravesamos sin detenernos está desperdiciado. Una escalera también se atraviesa y a nadie se le ocurre colocar una cama en el tercer peldaño para rentabilizarlo.

Bueno.

Todavía.

Hemos confundido aprovechar con llenar.

Detrás de muchas decisiones está esa frase: «Queremos aprovechar al máximo el espacio».

Normal. Una vivienda cuesta una barbaridad. Reformarla también. Nadie quiere descubrir que ha destinado diez metros cuadrados a algo que no utiliza.

Pero aprovechar no significa necesariamente conseguir que cada centímetro tenga una función visible. A veces aprovechamos un espacio dejándolo vacío, dando distancia entre dos muebles, permitiendo que una puerta abra completamente, dejando respirar una mesa, conservando un pequeño distribuidor que evita que el baño aparezca directamente frente a la cocina o manteniendo una pared porque necesitamos apoyar algo en ella.

El espacio libre también trabaja. Solo que lo hace sin enseñarnos una factura de productividad. Y quizá por eso nos cuesta tanto defenderlo.

Hemos aprendido a mirar los planos buscando oportunidades: aquí un armario, aquí otro dormitorio, aquí podemos ganar cuarenta centímetros, aquí quitamos el distribuidor, aquí prolongamos la cocina.

Hasta que un día conseguimos aprovechar absolutamente todo.

Y no queda sitio para nada.

Una puerta abierta sigue siendo una puerta.

Aquí está probablemente la parte que más me interesa. Porque hablar de puertas no significa hablar solamente de cerrarlas.

Una puerta puede permanecer abierta la mayor parte del día y seguir transformando completamente la arquitectura. El hueco encuadra. Desde el salón puedes ver un fragmento del comedor; desde el dormitorio, una ventana al fondo; desde un pasillo, apenas la esquina de una obra. Una habitación puede aparecer detrás de otra sin mostrarse entera. La luz atraviesa el hueco y cambia a medida que avanzas.

Incluso una puerta entreabierta produce algo que una gran apertura no puede producir: decide cuánto vemos.

Eso permite diseñar una vivienda no como una colección de habitaciones independientes, pero tampoco como un único espacio continuo. Hay relaciones intermedias: espacios conectados que siguen teniendo identidad propia, habitaciones que participan unas de otras sin desaparecer.

Puedes cocinar con la puerta abierta mientras hablas con alguien que está fuera y cerrarla veinte minutos después cuando arrancas la campana. Puedes dejar un comedor comunicado durante una cena y recuperar dos habitaciones distintas al terminar. Puedes abrir una casa durante el día y cerrarla durante la noche.

La arquitectura cambia sin mover un solo tabique. Solo moviendo una hoja.

Eso es bastante más flexible que eliminarla.

También hemos perdido habitaciones.

Hay una palabra que casi ha desaparecido de determinados proyectos contemporáneos: habitación.

No dormitorio.

Habitación.

Un lugar delimitado, con una puerta, capaz de albergar distintas cosas a lo largo de su vida.

Durante décadas las casas estaban llenas de ellas. Una podía ser comedor. Después despacho. Más tarde dormitorio. Durante unos años cuarto de juegos. Quizá volvía a convertirse en dormitorio cuando alguien regresaba a casa.

La arquitectura permanecía. La vida cambiaba dentro.

Ahora diseñamos programas muchísimo más específicos: cocina-comedor-salón, suite principal con vestidor y baño, zona de trabajo integrada, lavadero, dormitorios con armarios. Todo tiene nombre desde el plano. Todo parece resuelto.

Hasta que cambia la vida.

Y cambia.

Una pareja empieza a trabajar desde casa. Llega un hijo. Se va un hijo. Vuelve. Un padre envejece. Alguien necesita una habitación durante seis meses.

De repente aquella vieja habitación cuadrada con una ventana y una puerta, tan poco espectacular, demuestra una capacidad enorme para convertirse en casi cualquier cosa.

Quizá la flexibilidad doméstica no consiste siempre en hacer espacios enormes capaces de contenerlo todo. A veces consiste en tener varias habitaciones capaces de cambiar de función.

Pasillo con varias puertas abiertas y luz natural al fondo de la vivienda.
Pasillo con varias puertas abiertas y luz natural al fondo de la vivienda.

La intimidad necesita arquitectura.

No toda intimidad ocurre en el dormitorio o el baño. También existe cuando lees, cuando trabajas, cuando hablas por teléfono, cuando estás triste o cuando simplemente no te apetece compartir durante media hora el mismo espacio con otra persona a la que quieres muchísimo.

Esto último parece casi revolucionario decirlo en una época en la que hemos diseñado tantas casas alrededor de la idea de convivencia permanente.

Pero querer vivir con alguien no significa querer verlo desde cualquier punto de la vivienda.

Una buena casa debería permitir encontrarse. También retirarse.

Y para retirarse no hacen falta necesariamente cien metros más. A veces basta con que los espacios tengan límites.

La intimidad no depende solo de la distancia física. Puedes estar a quince metros de alguien en una gran planta abierta y sentir que compartís exactamente el mismo espacio. O estar a dos metros, detrás de una puerta, y disponer de un lugar propio.

La pared ocupa doce centímetros.

La diferencia psicológica puede ser enorme.

Y luego está Sevilla en agosto y en invierno.

Hay una razón bastante menos poética para cerrar una puerta.

El aire acondicionado o la calefacción.

Abrimos ciento veinte metros cuadrados y después intentamos climatizarlos como si el aire entendiera el concepto arquitectónico.

No lo entiende.

El aire se va, el sonido se va, los olores se van, el calor se va. Todo aquello que hemos conectado visualmente también empieza a relacionarse físicamente.

Una vivienda puede necesitar comportamientos distintos a lo largo del año: abrirse en determinadas horas, protegerse en otras, ventilar cruzando dos orientaciones, cerrar una zona que no se utiliza, mantener fresco un dormitorio mientras el resto permanece abierto.

La puerta es uno de los mecanismos ambientales más primitivos que tenemos.

Y funciona sin aplicación.

No quiero volver a llenar las casas de puertas.

Porque entonces no habríamos entendido nada.

No estoy proponiendo reconstruir el pasillo de nueve metros que acabamos de eliminar ni volver a la cocina cerrada porque nuestras abuelas la tenían. Tampoco creo que una vivienda con más habitaciones sea necesariamente mejor.

Lo interesante está precisamente en dejar de utilizar una respuesta automática.

A veces quitar una pared libera una casa. A veces la destruye. A veces comunicar cocina y salón transforma completamente la manera de vivir y convierte dos espacios mediocres en uno extraordinario. A veces hace que alguien descubra seis meses después que no puede freír un huevo sin que el sofá participe.

A veces eliminar un pasillo permite que entre luz donde nunca entraba. A veces hace que tres dormitorios terminen desembocando directamente en la zona social.

No existe una operación buena antes de conocer el problema.

Y quizá durante demasiado tiempo hemos dibujado la reforma contemporánea como una especie de proceso de liberación: cuantos menos límites, mejor.

Pero los límites también construyen.

Quizá una casa no necesite enseñártelo todo.

Me interesan las viviendas que pueden recorrerse. Las que cambian mientras avanzas. Las que tienen lugares y no únicamente zonas. Las que permiten que una puerta abierta conecte dos habitaciones sin obligarlas a convertirse en una sola. Las que pueden estar completamente vivas y, al mismo tiempo, guardar algo detrás.

Porque cerrar no significa necesariamente aislar. A veces significa dar forma: a un sonido, a una conversación, a una temperatura, a una actividad, a un momento del día, a la posibilidad de estar solo.

Una casa puede necesitar grandes espacios abiertos y, unos metros después, una habitación pequeña y protegida. Puede necesitar una cocina comunicada y un dormitorio absolutamente separado. Puede pedirnos eliminar tres tabiques y conservar precisamente el cuarto.

Eso es lo interesante.

Que no haya una respuesta previa.

¿Por qué hemos dejado de cerrar puertas?

Probablemente porque durante mucho tiempo abrir significó escapar de viviendas excesivamente compartimentadas. Porque nuestras formas de vivir cambiaron. Porque cocinar dejó de ser una actividad que queríamos esconder. Porque empezamos a recibir de otra manera. Porque buscábamos luz. Porque las viviendas parecían mayores.

Porque funcionó.

Y cuando algo funciona muchas veces, existe el riesgo de dejar de preguntarnos por qué funcionaba.

Entonces aparece la receta: abrir cocina, eliminar pasillo, ampliar hueco, unificar salón y comedor. Y seguimos hasta que el plano queda limpio.

Muy limpio.

Quizá demasiado.

Yo prefiero que antes de tirar una pared nos hagamos una pregunta bastante menos espectacular:

¿Qué perdemos si desaparece?

Puede que la respuesta sea nada.

Martillo.

Pero puede que detrás de esos doce centímetros haya silencio, privacidad, una vista que merece aparecer poco a poco, una habitación que dentro de diez años servirá para algo que hoy ni imaginamos o simplemente la posibilidad de cerrar una puerta un martes a las 21:43 mientras alguien utiliza la batidora.

Y entonces quizá esa pared no estaba ocupando espacio.

Estaba haciendo su trabajo.

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